El camión, la garza y los corderos
Amanecer entre el rebaño de pelibuey de José Manuel Celorrio Dorta

Temía que el eclipse provocara una espantada en el rebaño y que, en la confusión, aplastasen algún cordero. Después de un año marcado por la pérdida de crías, cada amanecer en la cuadra es una mezcla de vigilancia, memoria y alivio.
La hora de alimentar a ciento veintitrés
José Manuel echó un vistazo y atravesó muy lentamente la cuadra. Con la pala deshizo un par de paquetes de alfalfa y llenó los tres comederos. Las 123 ovejas tenían que comer al mismo tiempo. Mientras el rebaño se abalanzaba sobre el alimento, vigilaba que ninguna quedara atrapada y que el macho no se rezagara ante la voracidad de las hembras. No puede permitirse perder ganado.
La preocupación no es exagerada. El año anterior, enterrar a las crías se convirtió en su peor pesadilla. Hubo noches enteras en la cuadra, observando a las madres para descubrir cuáles rechazaban a los corderos y podían llegar a herirlos. Desde entonces, la paridera se atiende como una guardia.

La garza, aliada inesperada
Desde el tejado de zinc entran las garzas. Cuando el calor aprieta, las moscas pican al ganado y pueden abrir heridas en la piel. Las trampas se vacían con miles de insectos y la cuadra se fumiga, pero las aves aportan otra defensa: se posan cerca de las ovejas y comen las moscas que encuentran sobre los animales. En esa convivencia improvisada, las limpian y ayudan a desparasitarlas.
«En la finca, hasta una garza que entra por el tejado puede convertirse en parte del cuidado del rebaño».
Nacer de pie

José Manuel acarició a uno de los corderos. El pelo, suave y brillante, devolvía la luz del amanecer en tonos marrones y blancos. Tomó en brazos al pintado. Para preparar la paridera, explica, recurrieron a la Asociación de Criadores de Pelibuey: Jennifer acudió junto a una veterinaria contratada por la finca para realizar ecografías y comprobar que no hubiera complicaciones.
Cuando una madre se quedaba sin fuerzas, había que intervenir. Se introducía la mano por el canal del parto y se tiraba con firmeza de las dos patas delanteras para ayudar a salir al cordero con la placenta. Después, la oveja lo empujaba con el morro y lo lamía hasta estimularlo. Primero se afianzaban las patas traseras; luego, torpemente, las delanteras. Al poco de nacer ya caminaban.
María les puso una golosina: dátiles de las palmeras plantadas para dar sombra al patio de sol de la cuadra. Allí nada se improvisa del todo. José Manuel construyó espacios para evitar el raquitismo, rediles separados para los machos y comederos especiales para el cambio de alimentación de los corderos. No permite que nadie les eche pan ni sobras de la cocina del hotel rural.

El pastoreo que tuvo que abandonar
Durante un año las sacó a pastar. Era gratificante caminar con ellas y ver cómo el rebaño ocupaba el paisaje. Pero algunas enfermaban al comer hierbas tóxicas. La experiencia obligó a cambiar el manejo y a controlar con precisión la dieta dentro de la finca.

Las miró una vez más. Amanecía. Eran la imagen de la calma. El sol salía justo tras el pico del volcán y las nubes parecían tomar la forma del Teide. Luego se encaminó hacia el viejo Toyota. El camión era duro de manejar en la carretera de montaña que lleva a la cooperativa. Tiró del freno de cuerda e inyectó aire; aquella mañana estaba impregnado de olor a parchita.
Un libro para cada vida

En el Libro de Ganadería registra cada identificación, vacunación, enfermedad, nacimiento o muerte. También anota la alimentación y los cambios de comportamiento, y presenta la documentación ante la Administración. Es la memoria escrita de un trabajo en el que cualquier detalle puede anticipar un problema.


Dejó a los 52 corderos saltarines entregados a juegos que le provocaban la risa. Cerca, el pequeño estanque reclamaba atención. Ese año había traído patos todavía dentro del huevo para que los incubaran las ocas. Entró a limpiar los caños de la fuente que construyó para ellos en sus ratos libres. Las gallinas correteaban en una huerta vallada y llena de árboles.

Dieciséis años de selección
El móvil sonó en el bolsillo trasero del pantalón. José Manuel sostiene que el aumento de exigencias administrativas, muchas derivadas de la normativa europea, dificulta que los pequeños ganaderos tradicionales de Canarias mantengan sus animales y comercialicen la carne. Para él, la burocracia ocupa un tiempo que debería estar en la cuadra.
Desde la carretera de Chío miró las cuevas y el barranco. Cuenta que trajo los primeros ejemplares desde Cuba y que el rebaño fue creciendo mediante el intercambio de madres y machos con otras fincas para evitar la endogamia. Afirma que ha dedicado dieciséis años a recuperar y consolidar el pelibuey que cría en Tenerife.
«Cambiar madres y machos con otras fincas es esencial para evitar la endogamia y mantener fuerte el rebaño».
Cuando el estiércol hace parir la tierra

Desde el Lomo de los Caballos se veía una nube de mariposas. En la platanera se crían flores y fauna auxiliar para combatir el trips, una de las plagas más temidas por los agricultores. María sigue observando los ciclos de la luna para marcar las faenas, mientras la cuadrilla emplea herramientas tradicionales para incorporar el estiércol a la tierra y deshijar las plataneras.
El estiércol del pelibuey tarda entre seis meses y un año en transformarse. Se mezcla con platanera picada, se empapa y se voltea cada semana hasta que deja de oler a cuadra y empieza a oler a monte. Entonces vuelve al cultivo para alimentar el suelo y cerrar el círculo entre ganadería y agricultura.

Al final de la mañana, el camión, la garza y los corderos ya no parecían escenas separadas. Eran piezas de un mismo sistema: transportar, vigilar, alimentar, criar y devolver a la tierra lo que los animales producen. En la cuadra, las ovejas seguían tranquilas. Afuera, el día terminaba de abrirse.
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